jueves, 27 de noviembre de 2008

Carta a Mamá

Querida mamá:
Hoy iba a casa con muchas ganas de decirte que lo logré, otra vez. Logré cumplir mis objetivos, me costó pero perseveré, tenías razón, soy una luchona, porque puedo hacer todo lo que yo quiera. Todos mis amigos que estuvieron conmigo me felicitaron, me dijeron: Antonia, eres la mejor médico veterinario. ¿Te imaginas cómo me sentí? lástima que no estuvieran Uds., sé que por fuerza mayor no pudieron asistir. Tú sabes como anhelaba este momento ¿cierto?. Estoy feliz pero cuando iba de regreso a casa, algo me sucedió.

Resulta que iba conduciendo en el auto de mi amiga Susana, esperamos la luz verde del semáforo, ¡lo juro! mamá, mamita, respetamos todas la señales del tránsito, incluso no contestábamos ningún celular, para no tener problemas, pero mamá, unos imbéciles que salían de la Universidad, bebidos, no tomaron precauciones para poder conducir.


Mamá desde chiquitita me enseñaste lo lindo que es la vida, pero no me enseñaste ni tampoco aprendí con los profesores, que hay quienes no respetan nada. Mamá, eran mis mismos compañeros de carrera, con los cuáles compartí parte de mi vida junto a ellos, a pesar de que sabía que no poseían mis mismos valores. ¡Pero eran mis compañeros!, mamá, mamá, ¿Por qué me pasó esto? ¿Para qué condujeron un auto estando ébrios?, no entiendo, ¿me lo puedes explicar?, yo te esperaré pacientemente.




Te amaré por siempre, a tí y a papá
Tu luchona:
Antonia.

Héroe

Aquel día de abril no fue como cualquiera, fue el comienzo de una historia de héroes, siempre lo decía Eduardo, quien desde niño, en la ciudad de Chillán, jugaba a defender a sus amigos de bandidos imaginarios. Nuestro pequeño se convertirá en un héroe de verdad, decía don Juan a la mami Clara, mientras ella, desde el fondo de su corazón presentía a gritos que era verdad.

La vida tranquila de Eduardo se tejía conforme pasaban los años, hasta cuando llegó el instante correcto para independizarse, y cumplir con uno de sus sueños; sueños inspirados por tantas historietas dictadas por su padre, quien fue el propulsor de su destino.

Su próxima realidad: Santiago.

Seguro de su personalidad, Eduardito, como le decía su madre (incluso después de ser ya jóven), construiría su camino en una ciudad nunca antes recorrida. Antonio Varas era su paso a seguir, una escuela en donde el Orden y Patria era y sigue siendo el lema que está grabado en su corazón, incluso desde el vientre de su madre.

Eduardo, se convirtió en un hombre honorable, incluso para sus enemigos, quienes trataban de hacer todo lo posible para distituirlo de su cargo, pero no lo lograrían.

En una carretera iban, a gran velocidad: Lucas y su polola. El auto era de un amigo en común. Completamente ébrios veían, de un momento a otro, su vida pasar con el trágico accidente. Eduardo vió como ocurrió, estaba cerca del hecho. Lucas era amigo de su hijo menor y al mismo tiempo odiaba a los uniformados, creía que todos tenían culpa de que su padre estuviera recluido, era un jóven equivocado, vivía en problemas incoherentes.

El hombre a quienes todos admiraban, de alguna u otra forma, arriesgó su vida en aquel accidente, sin importar quién tuviese la culpa, todo por ser todo un héroe, un verdadero héroe.